Comida caliente para impulsar la escolarización

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Un grupo de alumnas de Educación Primaria come el plato de sorgo durante su descanso en el patio de la escuela Al Salam B Primary School de Yuba. EFE/Rosa Soto

Yuba (Sudán del Sur), (EFE). Por Rosa Soto

La nutrición y la escolarización van de la mano en los colegios de Yuba, donde muchas familias humildes de la capital sursudanesa se ven en la tesitura de elegir entre enviar a sus hijos al colegio o ponerlos a trabajar para que se paguen su propio sustento.

 Para evitar esta situación, el Programa Mundial de Alimentos (PMA) de la ONU inició en 2003 una iniciativa para garantizar una comida completa diaria para cada niño y con el que hoy día han conseguido incrementar tanto la matriculación como la asistencia a clases.

Así lo atestiguó EFE en la escuela de Educación Primaria ‘Al Salam B Primary School’, uno de los 21 centros parte de este programa del PMA y el Ministerio de Educación de Sudán del Sur en la provincia, que ha conseguido implicar a las familias en una iniciativa con la que la toda comunidad sale ganando: los niños van a clase, se forman, superan sus exámenes y aprenden hábitos de higiene básica, como lavarse las manos antes de comer.

Y disfrutan de un plato nutritivo elaborado con productos locales, lo que también repercute positivamente en los comercios de proximidad.

Rodeado de calles de tierra y barro, pequeñas tiendas de comestibles y un tráfico combinado entre motos, coches antiguos y carros tirados por burritos, este colegio cumplía con todos los requisitos para adherirse al programa nutricional: índices de matriculación bajísimos, elevado absentismo y resultados académicos deficientes.

Todo eso mejora desde que empezó el programa hace 20 años.

Así lo indica a EFE el jefe de estudios, James Lohiram Lokil Severino, quien admite que los efectos positivos se notan en la comunidad: “Cuando llamamos a las familias para cualquier reunión urgente o para apoyar acciones en el colegio, vienen y contribuyen como pueden”, algo que difícilmente hacían antes, preocupados por poner un plato sobre la mesa y cómo cuadrar las cuentas.

Según la memoria del PMA de 2022, última disponible, la matriculación aumentó un 12 % respecto a 2021 y la tasa de asistencia aumentó al 97 % frente al 85 % del 2021 en las comunidades parte del proyecto, que abarca unas 700 escuelas de todo el país.

Una alumna se lava las manos antes de comer en la escuela Al Salam B Primary School de Yuba. EFE/Rosa Soto

Escasos recursos económicos

Pese a que el colegio es público y gratuito, la situación de las familias fuerza en muchas ocasiones a poner a los niños a trabajar, ya sea vendiendo leña que recogen en la periferia de la ciudad, o como recaderos, todo para llevar unas monedas a casa.

La situación empeoró con el estallido de la guerra en en el vecino Sudán, que interrumpió las exportaciones de petróleo sursudanesas, la principal fuente de ingreso del país más joven de África.

El país tampoco ha podido escapar de la disrrupción de los flujos comerciales binacionales con Sudán, la escasez de alimentos y la llegada de miles de desplazados hacia, Yuba.

“El contexto de las familias es muy particular. Vienen a la escuela y comparten con nosotros su situación para encontrar los medios para quitar estas barreras. La confianza en la educación ha aumentado desde el inicio del programa”, añade Severino, sentado en un pequeño despacho rodeado de material escolar provisto por Unicef, organización que estima que en Sudán del Sur hay 2,8 millones de niños sin escolarizar.

Mientras, los menores son conscientes de los beneficios de ir al colegio, especialmente porque para algunos este almuerzo representa la única comida del día, lamenta el jefe de estudios.

Mucho más que un almuerzo

Las niñas y niños de edades comprendidas entre los siete y los catorce años comen en el patio un plato de sorgo, un cereal típico de la región, elaborado un rato antes por las dos cocineras del centro.

Cuando suena el timbre, los niños pasan de los barracones donde dan clases sentados en viejos pupitres y bancos de madera y salen al patio, donde hacen dos filas -una los chicos y otra las chicas- para lavarse las manos con el agua de dos bidones facilitados por Unicef y una pastilla de jabón, bajo la atenta supervisión de una profesora.

Después, esperan en otra cola, delante de la cocina, donde reciben su ración y se sientan en el porche, normalmente en corros en los que niños y niñas no se suelen mezclar mientras se cuentan sus confidencias entre risas y tratan de no mancharse el uniforme, de color verde pino.

Helen tiene diez años y está encantada con el colegio. “Me gusta venir a clase porque veo que a todo el mundo le va bien. Aquí comemos muy bien, hay comida para todos, en casa a veces es difícil. Por eso quiero estudiar y convertirme en enfermera y ayudar a la gente”, relata a EFE antes de volver a su clase de matemáticas.

Su compañera, Elisabet, cuenta que perdió a su padre el año pasado y que su madre la saca adelante a ella y a su hermana trabajando como modista y con ayuda de su tío. “De mayor quiero ser abogada como mi padre, aunque también me gustan mucho trabajos manuales, como la carpintería”, afirma.

Ambas están contentas con el colegio, donde también reciben consejos e información sobre higiene íntima, especialmente sobre su primera regla, algo que para muchas supone el abandono escolar para quedarse en casa o ser casadas.

 Según un informe de 2020 publicado por la plataforma Girl’s Education South Sudan, en Sudán del Sur el 40% de las niñas son casadas antes de cumplir los 18 años, si bien el Gobierno se comprometió hace tres años en erradicar el matrimonio infantil para 2030.

Así, más que servir un plato caliente a los niños, el programa permite que se desarrollen adecuadamente y centrarse en sus estudios, mientras sus padres se ahorran el coste de una comida y pueden dedicarlo a otros gastos.

“Todos salimos ganando”, concluye Severino.

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